Canción sin nombre (2019)

Canción sin nombre (2019)

Olvidable e irregular. Busca ser original a base de impostaciones y recursos ineficientes.

Lo poco que rescatar de esta irregular opera prima es definitivamente la fotografía y la atmósfera creada. No porque sea simplemente agradable a la vista, no por el encuadre cerrado que le da un toque distintivo, ni mucho menos por su blanco y negro. Sino, por el simple hecho de que es una fotografía que funciona y trabaja al servicio de la creación de una estética singular, melancólica y hasta fantasmal, como esos planos con los personajes caminando en la neblina, o cuando estos se muestran como siluetas espectrales, o cuando están rodeados de un amplio espacio vacío buscando algo, expresando soledad y desconcierto.

Sumado a ello, el otro aspecto positivo es una banda sonora de notas sostenidas y zumbidos que llegan a simular sonidos afilados y vibrantes. Es una banda sonora que termina por dibujar un estilo bastante bien logrado. Además, no resulta reiterativo. Es usada en los momentos adecuados, mientras que el resto está acompañado de un silencio, a veces inquietante.

Sin embargo, tras la primera parte, está claro que el rumbo de la pesquisa se diluye y se tomará un rumbo distinto. Porque tengo la impresión de que se pretende mostrar más bien un deseo, o anhelo de supervivencia, en un país asediado por el conflicto armado. El amor de Georgina por encontrar su hija y el de Pedro por su vecino.

Sin saber cómo manejar los recursos para salirse de los convencionalismos, la película recae en actuaciones muy deficientes y momentos innecesarios e impostados, que escapan del estilo usado hasta entonces, como la visita de Pedro a Iquitos. Va languideciendo lentamente hasta concluir con un final agrio y triste cuando ya toda emoción se había perdido.

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