Como en un espejo (1961)

Como en un espejo (1961)

Harriet Andersson ofrece una de sus mejores actuaciones en una película compleja y siniestra donde Bergman se instala por primera vez en la issla de Faro para reflexionar sobre la imposibilidad de comunicarse, la presencia o ausencia del amor y los límites de los medios e inspiraciones artísticas.

En los primeros planos observamos varias olas y corrientes de agua en el océano de Faro. Estas imágenes distorsionadas y oscuras configurarían lo que sería la película en general, muy a pesar de su discutible «final feliz», donde convergerán dos mundos distintos: la realidad ordinaria y la fantasía esquizoide. Karin será la encargada de ser la intermediaria entre estos mundos, con sus alucinaciones y las voces en su mente. Su padre, David, se encuentra tan preocupado por su salud que por un momento pensó en el suicidio (finalmente infructífero) para acabar con la angustia y el pesar que significa ver a su hija en ese estado. Después de dicho suceso, decidió usar a su hija como inspiración en su frustrada novel próxima a ser escrita. Caso contrario el de Martin, su esposo, que prefiere aceptar su condición con simpleza y comportándose como un buen esposo. Minus, su hermano, contrario a todos los demás personajes, vive atormentado en su mundo, con sus frustraciones sexuales y su deseo por mejorar la relación con su padre, quien indica que nunca le presta atención y pocas veces se han comunicado realmente.

Un momento clave se da en la primera noche, donde Karin, con insomnio y perturbada por las voces en su cabeza, decide ir a un cuarto desconocido para comunicarse o interactuar con un ente sobrenatural. Tras una notable escena de flexión corpórea donde Karin se contorsiona y rememora la imagen de La transverberación de Santa Teresa de Bernini. Cabe destacar que antes de que ocurra esto, vemos un plano de la ventana abierta de su cuarto, que bien podría funcionar como un umbral hacia un mundo externo, la realidad sobrenatural donde habita el ser con el que se comunica Karin. Finalmente, descubre el oscuro secreto que oculta el diario de su padre, trastocando su estabilidad y mostrándose más hostil y distante.

Más adelante, se nos revela que la entidad con la que hablaba Karin era Dios y pronto iba a aparecer para liberarla. Y mantiene dicha expectación hasta el final, sólo para descubrir que tras dicha fachada divina se escondía una araña, que, en palabras suyas, trató de penetrarla. Su padre no puede aguantar el grado de locura mostrado y decide internarla en un hospital. Ya en la recta final, a solas con Minus, le manifiesta su concepto sobre el amor, meditando en la definición de que Dios es amor, contrario a lo que vieron previamente sobre Karin. Minus finalmente se alegra tras haber podido comunicarse con su padre, ofreciendo una especia de final feliz que más parece agridulce por la condición de su hermana y su fatal destino.

Después de los arrolladores sucesos nos quedamos con imágenes perennes en nuestra memoria, gracias al maravilloso trabajo de Sven Nkvist, y las ideas y temas propuestos por Bergman a lo largo de la película. Resulta sorprendente como en 90 minutos logramos pasar por un visionado sobre la naturaleza esquizoide de Karin, llevándonos a un mundo fuera de la realidad ordinaria para usar a Dios como liberador de las fuerzas desconocidas que nos atormentan. El personaje de David podría ser una autoreflexión y crítica de Bergman como artista y sus fuentes creativas. Son múltiples las lecturas posibles y las interpretaciones, ya que es una película muy compleja y punzante como una daga, figura que describe perfectamente también la música usada (Suite No. 2 de Bach).

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