Don’t rush (2020)

Es toda una experiencia única e individual sobre un género que fascina por su idiosincrasia y trasfondo cultural.

El tratamiento del tiempo es simple y sin saltos temporales. No hay elipsis ni dilataciones del tiempo. Todo se vive en tiempo real, en un único espacio y de clima apaciguado, entre humo y vasos de licor. Todo ello configura una experiencia radial, que a grandes rasgos es la esencia del documental. Sólo se tiene la voz del locutor y la música rebética. Y termina siendo una experiencia muy bien lograda.

Siendo un género sumamente desconocido y, en cierta medida, hermético, no es abordado con esnobismo ni alarde. Se habla de él con esmero, cariño y fascinación. Se desgrana cada momento y cada verso para informar de su origen, su significado y su importancia cultural. Porque incluso más allá de ser un simple género, forma parte de una cultura y tradiciones que, a pesar de las dificultades, sobrevive con el tiempo.

La idiosincrasia del género rebético informa de un estilo de vida marginal, lleno de melancolía, donde la shisha y el hachís son el único consuelo. Se equipara con la situación de los refugiados y a la par reflexiona sobre el poder opresor de las instituciones autoritarias y fascistas que aún persisten en Europa

Los encuadres ofrecen composiciones de espacios fragmentados y desenfoques que revelan lugares insospechados. Siendo un espacio cerrado, se logra sacar provecho de una edición que ofrece un ritmo sosegado y sereno.

Es probable que no resulte nada atractivo para alguien que no esté tan entusiasmado con descubrir nuevos sonidos o conocer un nicho muy singular. Sin embargo, para los que sí, definitivamente encontraran en él una interesante muestra sobre cómo hacer un documental atípico, con una cercanía bastante acogedora.

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