La pasión de Ana (1969)

La pasión de Ana (1969)

Con La pasión de Ana, siento que Bergman se consagra como el maestro del realismo psicológico y como un cirujano de las profundidades mentales y emotivas del ser humano. Vuelve a los temas de pareja y relaciones humanas como lo hizo en sus primeras películas, pero esta vez adquiere un nivel superlativo y tan chocante que vuelca en él todo su poder incisivo y logra crear una obra maestra única e infravalorada, no tan mencionada o comentada como sus obras más conocidas.

Si bien, Ana es parte del grandioso reparto coral que conforma la película, todos frecuentes en la filmografía de Bergman, creo que el título más preciso y que mejor describe en sí la película es el original: «En passion», que traducido del sueco es literalmente «La pasión», a secas. Porque no sólo vemos la pasión de la atormentada Ana, sino también la del homónimo de su fallecido esposo y recluso mental, Andreas. Además de la infeliz pareja del snobista Elis, Eva. El día a día de dichas personas y su relación configurarían una de las ficciones psicológicas y disecciones mentales más aterradoras y profundas que haya hecho Bergman.

Evidentemente, por los calificativos dados a los protagonistas, todos usan una especie de máscara que oculta su personalidad y en las relaciones sociales se hacen pasar por personas normales, como lo muestra uno de sus afiches promocionales, con el personaje de Liv Ullman con una expresión distinta, explicada posteriormente por un siniestro motivo. Pero este oxímoron de una «anormal» normalidad va hirviendo lentamente a medida que los personajes empiezan a entablar una amistad, trastocándose unos a otros su estabilidad mental. Comenzando por Andreas que, a través de Ana, conoce a Elis y Eva. Andreas, viudo y con un pasado lleno de problemas legales, empieza a salir de su aislamiento auto impuesto para conocer más sobre la vida de sus vecinos en la claustrofóbica isla en la que viven. Después de una breve aventura amorosa con Eva, comienza una relación sentimental con Ana que dura un poco más de un año y termina con el deterioramiento mental de ambos. Elis y Eva parecen haber retomado su relación a costa de la desconfianza de Elis por la sospecha de infidelidad de Eva, quien se queda a su lado a pesar de sentirse encerrada en una relación que no quiere ni disfruta.

Dicha descripción de sucesos podrían describir a cualquier otra película similar, del género de thriller psicológico, pero Bergman tiene un par de ases bajo la manga que la hacen única. Empezando por los inesperados interludios que muestran a los actores reales, haciendo comentarios reales sobre sus personajes. Bergman rompe la cuarta pared no para impresionar o como adorno banal, sino para otorgar un grado de intimidad superlativo a los personajes y acercarnos más a ellos. Max von Sydow incluso llega a describir lo complicado que le resulta ser Andreas y el reto que implica ser alguien inexpresivo, rendido ante una vida llena de humillaciones. Liv Ullman comentando sobre la falsa filosofía de una vida regida por lo auténtico y lo verdadero en Ana, hasta que descubrimos la red de mentiras que entretejen la narrativa de su pasado y la trágica muerte de su esposo y su hijo. Bibi Andersson parece más empática con su personaje, mencionando una posible situación escapista que otorgaría a su personaje su tan anhelada libertad. Y por último Erland Josephson, seco y directo como su personaje, decidido a seguir con su complejo de superioridad y su actuar manipulador.

Tanta violencia psicológica que sacude la vida de los personajes encuentra su contraparte en la muestra de violencia física, encarnada en un desalmado personaje incógnito que se encuentra en una racha de masacre animal. Nunca sabemos quién es el culpable de los terribles actos, sólo sus consecuencias, las bajas animales y una humana, Johan, el pobre poblador que, dada su naturaleza anti social y misteriosa, es acusado de ser el principal sospechoso de los sangrientos asesinatos, sólo para terminar sucumbiendo al suicidio. Y es curioso que todo el devenir y caos físico y mental sea profetizado por la carta de Ana que aparece al inicio, leída por Andreas, que revela la verdadera naturaleza de su matrimonio con su esposo antes de su fatal destino: una relación llena de violencia psicológica y física, son las palabras que muestra Bergman eventualmente en más de una ocasión para otorgarle poder al puño y letra del fallecido esposo de Ana. Además, la muerte de Johan también podría ofrecer una perspectiva única de la película como denuncia o desaprobación de las consecuencias negativas que llevan los prejuicios a las personas aisladas y hurañas y poco sociables.

Tal vez mi escena favorita sea el duelo de primeros planos entre Ana y Andreas, un punto álgido y climático en una película sin trama donde, por lo general, no «ocurre absolutamente nada». Los dos se encuentran en una realidad fuera de la ordinaria, incluso de la onírica. Con un contracampo puramente negro, Ana y Andreas se abren el uno al otro y comparten sus más profundos pesares como ser humanos, sus fracasos constantes y su proceso de deshumanización, como si ambos sufrieran lo que la misteriosa mujer (seguramente la ex esposa de Andreas) llama «alma cancerígena», en un sueño previo, mirando directamente hacia la cámara en un plano subjetivo. En pocos minutos, desnudan sus almas se escudriñan por completo. No queda nada de ellos. Logramos recibir y hasta empatizar satisfactoriamente sus emociones y Bergman logra una conmoción cruda y sacude por completo al espectador, algo pocas veces visto y sentido en la historia del cine.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *