Samichay (2020)

Resalta por su cualidad fantasmal, con una estética gris, planos de larga duración y en un blanco y negro poco contrastado. Todo ello conforma una atmósfera muy bien lograda que está en perfecta sintonía con la historia desoladora, de un lugar que parce haber sido relegado.

Se explora la relación afectiva del Celestino, el protagonista, hacia Samichay, la vaca del título. Pero Celestino parece que se encuentra desconectado del mundo y de sus problemas, como si no supiera cómo lidiar con ellos. Cuando su familia lo deja, toma la difícil decisión de vender a Samichay. Sin embargo, se topa con un mundo violento y desalmado, que lo termina por consumir hasta caer rendido y condenado al mismo destino que su hija: vivir en el barullo de la ciudad.

Es admirable cómo usa el recurso del paneo como dispositivo de salto temporal, especialmente en la secuencia donde la madre de Celestino se ve a sí misma yaciendo muerta en su cama, seguido de un plano donde ella observa afuera de la casa a un violinista, como si fuera su funeral y estuviera tocando una melodía fúnebre.

No obstante, a pesar de su propuesta original y muy interesante, tiene algunos problemas técnicos notorios, escenas mal editadas que rompen con el ritmo establecido y actuaciones secundarias que no están a la altura de Amiel Cayo.

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