La vergüenza (1968)

Es una película bélica única y peculiar, hecha con un estilo mordaz y crudo, distante del Bergman de antaño y el de los 50’s. Con imágenes aterradoras y grandes actuaciones, logra quedarse para siempre en la retina imaginaria de la mente.

A primera vista, lo más resaltante puede ser la inclusión de la guerra y sus consecuencias en el amplío repertorio de temas que aborda Bergman a lo largo de su filmografía. Resalta también porque esta es su única película en la que entran en juego temas con mucha carga política y social. Sin embargo, esta no es como cualquier otra película de guerra que siempre esconde en el subtexto una afiliación política favorita. Bergman se desliga por completo de dicho accionar. Aquí no hay buenos ni malos. No hay líderes autoritarios ni tiranos genocidas. Por el contrario, nunca se entiende con claridad la situación en la que se encuentran los pobladores de la isla. Y además, como uno de los mayores logros, no convierte la guerra en un espectáculo de efectos especiales y bombardeos innecesarios.

Los protagonistas, Max von Sydow y Liv Ullman, como Jan y Eva respectivamente, repiten como pareja, como lo hicieron en La hora del lobo (1968). El sueño que Jan le describe a Eva en el inicio, describe momentáneamente su día a día: son conscientes de la existencia de la guerra y los posibles estragos que podrían conllevar, pero prefieren dejarlo atrás, como telón de fondo, y seguir con su vida de pareja, con sus discusiones maritales, con el deseo de Eva de tener un hijo y poder vivir en armonía, con los pesares y desbalances mentales de Jan, una persona bastante sensible. Sin embargo, tarde o temprano la guerra afecta sus vidas. Pero contrario a las dificultades y las perdidas materiales que traen la irrupción de la guerra en sus vidas, se desata dentro de ellos una guerra interna, el otro criterio por el que se puede leer la película. Empieza, con vehemencia y sin compasión, la desintegración progresiva de su matrimonio, que lleva a una involución de los personajes, despojándolos de su humanidad, especialmente de Jan, y el sueño se vuelve una pesadilla.

En adición a sus habituales primeros planos, a través de los cuales Bergman escudriña el alma de cada uno de sus personajes, como lo hace en la notable escena del bombardeo, hay varios momentos donde se hace presente el estilo semi documental, con cámara en mano y moviéndose nerviosamente. Nos adentramos en la angustia de miedo generalizado de los pobladores cuando son ingresados a la fuerza a ser cuestionados por el bando aliado, que más parecen enemigos dispuestos a torturar a sus propios pobladores a cambio de información valiosa sobre el enemigo, o cuando los soldados ingresan a la casa de Jan y Eva, donde una trepidante edición sólo podría ser replicada más adelante en la escena más inquietante de El séptimo continente (1989) de Michael Haneke. Sobre todo otorga crudeza y un realismo psicológico imparcial que, como se dijo previamente, no celebra ni desaprueba, sólo se limita a mostrar la realidad y el tormento que sufren las personas.

Un punto fuerte es (y siempre lo es con Bergman), la aparición, o más bien irrupción, de Jacobi. Gunnar Björnstrand casi siempre hace el mismo papel: el personaje impávido, serio, descarado. Por lo general impone respeto, aunque en esta situación es más bien miedo, y lo hace de una manera excelente. Es un personaje que estaría decidido a influenciar en la pareja protagonista, con la intención de despojar a Jan de Eva, como si la guerra exterior no fuera suficiente. Dicha intromisión provocaría el último detonante para trastocar la vida de la pareja y destinarlos a un destino incierto, rodeados de tragedia y los horrores de la guerra, donde observan de primera mano los ojos muertos de soldados y por ahí un personaje que lentamente se rinde a seguir viviendo y cede al descanso eterno, en uno de los suicidios más inquietantes que haya visto, donde no dice palabra alguna y cuyo cuerpo se hunde en las frías aguas de la muerte, donde la sangre de los soldados muertos se funde con el océano.

Cuando se estrenó en Estocolmo, fue coetáneo con la guerra de Vietnam, por lo que no tardaron en aparecer los comentarios sobre la película como denuncia de dicha guerra y como muestra de la vergüenza humana. Bergman descartó todos esos comentarios. Y razón no le falta, porque no hay denuncia alguna ni correlación posible entre los dos. Porque la vergüenza de la que hablaba Bergman era la que ocasionaba la guerra interna del ser humano, que da riendas sueltas al caos y la locura que destruyen progresivamente a uno mismo y a las personas que los rodean. Dicha descripción encaja perfectamente con la trilogía no oficial que conforman la trilogía de la irrupción de la violencia en las vidas de las personas, conformada por La hora del lobo (1968), Vergüenza (1968) y La pasión de Ana (1969).

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