Con la muerte en los talones (1959)

Con la muerte en los talónes (1959)

Un grandioso ejercicio surrealista que se burla de sí misma y de los códigos del cine de espionaje, con toda la idiosincrasia de Hitchcock en su máximo esplendor.

La secuencia de título inicial, diseñada por el icónico Saul Bass, grafica los enredos de varias líneas que se intersectan. Estas son las de Roger Thornhill, Vandamm, Eve Kendall, George Kapal, etc. Todas esas líneas conforman una intrincada figura de líneas que chocan vehementemente para desembocar en las situaciones más extravagantes posibles. Ya que su encanto está precisamente en ello: lo surreal y lo inverosímil. Un hombre inexistente, una sospecha errónea, una pistola inofensiva, incluso el propio oficio del protagonista como ejecutivo de publicidad se acopla a la naturaleza engañosa de la película.

Así como en Pero… ¿Quién mató a Harry? (1955), Hitchcock subvierte el género usado, en este caso el de espionaje y misterio. Lo banaliza y ridiculiza presentando momentos imposibles que bordean el ridículo. Esto también dota a la película de un sentido del humor negro muy sutil.

Por otro lado, es también reminiscente a El proceso de Kafka, siendo Roger Thornhill el pobre desdichado que será acusado de un crimen que nunca cometió. Y por si fuera poco, ese crimen es nada más y nada menos que la labor más ambigua y dudosa: la del espía (y su negación como tal solo acrecentaría la sospecha, porque es lo que haría, naturalmente, un espía).

Si en Vértigo (1958) la falsa idea de Madeleine lleva al protagonista a su perdición, la mentira de George Kaplan, a través de un tortuoso recorrido, permite entrecruzar caminos con Eve Kendall. Porque en la segunda mitad se transforma en una historia de amor, obsesión y hasta celos. El destino forjado a través de escapes y momentos que ponía en riesgo su vida lleva a Roger Thornhill a caer rendido, como recompensa, ante el sofisticado poder seductor de Eve Kendall. Prácticamente se convierte en el motor principal en la recta final, que deviene en la fascinante escena del Monte Rushmore, para terminar comprometidos, en una última escena que es un explícito símbolo fálico, mostrado con el humor singular de Hitchcock: un tren que «penetra» un túnel.

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